Como es sabido, Martin Scorsese es adicto a dos historias: la de la música y la de la mafia. Sus películas siempre articulan narrativas de poder, violencia y corrupción acompañadas intermitentemente por canciones folck, blues, rock, o jazz. “The Irishman” no es una excepción, sino la confirmación brillante de ese persistente interés del director neoyorkino por enlazar atmósferas sonoras de la época con el ejercicio del poder de las mafias en la Costa Este de los Estados Unidos. “Mean Streets” (1973), “Goodfellas” (1990), “Casino” (1997), “Gangs of New York” (2002), configuran parte de los cuidadosos relatos auditivos y visuales que el director ha manufacturado desde sus inicios.

Las imágenes, el lenguaje y la música forman el núcleo duro de sus obras, recursos que reaparecen de manera magistral en su cinta más reciente.  En “El Irlandés” hay una destacada frase que frecuentemente marca las trayectorias cruzadas de Frank Sheeran (Roberto DeNiro), Russell Bufalino (Joe Pesci) y de Jimmy Hoffa (Al Pacino), pronunciada sistemáticamente en los ambientes decadentes de varias ciudades norteamericanas en los años sesenta y setenta (Chicago, Detroit, Filadelfia, Nueva York). Así son las cosas es la frase de uso común que los jefes mafiosos retratados en la cinta utilizan para referirse a una situación límite -la frontera de lo tolerable-, cuatro palabras que justifican decisiones tomadas sobre el comportamiento de un individuo frente a la autoridad inapelable de un grupo. Es una amenaza, una advertencia,  una sentencia definitiva, no negociable, entre los capos de la estructura mafiosa que controla una ciudad, un barrio, alguna actividad comercial o industrial. Angelo Bruno (Harvey Keitel) personifica al capo discreto pero efectivo que deambula entre los restaurantes de Long Island supervisando acuerdos, formando alianzas, controlando movimientos, tomando o consultando decisiones.

Robert de Niro. El actor (a la izquierda) asume el papel principal de la cinta. CORTESÍA

La centralidad de Sheeran como excamionero, matón, amigo, confidente, padre de familia, trabajador disciplinado, protegido apreciado por los jefes mafiosos, lo convierten en un personaje emblemático de una era y un contexto dominado por la violencia, la corrupción y el aseguramiento de un orden mafioso como un orden de lealtades, reglas y compromisos, en donde la traición a los acuerdos significa la inmolación, o la jubilación y el exilio.  Negociar es la moneda de uso común, pero como en toda negociación hay límites: los que impone una estructura jerárquica de mando y obediencia que se basa en símbolos, dinero, armas y sangre. “Así son las cosas” es la regla de oro, la señal de que los umbrales de la tolerancia mafiosa se han cruzado, de que no hay vuelta atrás, el punto de no retorno al que arriban quienes se atreven a ir más allá de los límites.

La memoria y los recuerdos de Sheeran son el hilo conductor de la cinta, un delgado hilo teñido por los colores oscuros de la soledad y la confusión, el orgullo y los remordimientos. El tono auto-justificatorio, los asesinatos a sangre fría y la falta de escrúpulos se mezclan atropelladamente a lo largo de una historia donde las fiestas familiares, las reuniones secretas y las ejecuciones callejeras van de la mano. Durante las tres horas y media que dura la cinta, la narrativa del protagonista tiene todo el aspecto de una historia épica: la épica mafiosa.  

El libro “I Heard You Paint Houses” de Charles Brandt (traducido al español como “Jimmy Hoffa. Caso cerrado”) es el texto periodístico en que se basa la cinta de Scorsese. Pero es también el que inspira el soundtrack de la película, hechura de Robbie Robertson, ex líder de The Band, y compañero frecuente de la trayectoria del director. La épica mafiosa es protagonizada por los intercambios entre Hoffa y Bufalino, amigos y socios que poco a poco se vuelven rivales, mediados en las épocas buenas y en las malas por la figura del irlandés Sheeran. Atrapado entre sus contradictorias afinidades electivas, decisiones morales y encrucijadas criminales, Sheeran simboliza la corrosión de los códigos de la solidaridad amistosa y la imposibilidad de los afectos duraderos en el mundillo criminal. El resultado es una prolongada trayectoria de lealtades y traiciones que le costará a Sheeran pequeñas fortunas, fracturas familiares, cárcel, y una larga soledad en un asilo de ancianos.

Pero lo más relevante de la película no es la búsqueda de la verdad histórica, la colección de lecciones de moralidad o los imperativos categóricos de cierta ética cívica. Se trata de la exposición cinematográfica de algo más complejo, siniestro e inevitable: la condición humana como el espejo de una realidad insoportable e incontenible que termina por devorar a sus protagonistas y espectadores. Para el caso, el poder como una estructura de relaciones que atrapa las vidas individuales sujetando las decisiones personales a grandes fuerzas invisibles que influyen o condicionan los grados de libertad y autonomía de los personajes. El dramatismo de “The Irishman” quizá consista justamente en la interpretación de una historia a la vez real e imaginaria, como el resultado de una serie de acontecimientos cuyo origen, trayectoria y final es confuso,  azaroso y trágico, protagonizados por personajes que se adaptan o se resisten a un contexto que sólo es posible reconstruir a pedazos en la distancia.

Quizá por ello, la épica mafiosa que se desprende de la película sea algo más que el reconocimiento (la legitimación) de cómo funciona un orden privado altamente institucionalizado con sus propias figuras de autoridad y poder, que coexiste con un orden público teóricamente virtuoso. Se trata de la antigua convivencia entre un orden fáctico y un orden imaginario, en el que la pelea por el poder siempre está repleta de tensiones, corrupción y violencia. “El Irlandés” es un acercamiento deslumbrante a ese territorio ambiguo y grisáceo donde las armas, el dinero y la sangre acompañan de manera extraña los buenos modales, la prudencia y la gestión de las incertidumbres vitales de siempre. Así son las cosas.

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